La cuarentena rehabilita al desahuciado río Rímac

En la cuadra 10 de la calle Malecón Rímac, en San Martín de Porres, se solía jugar al fútbol callejero. Antes de la cuarentena, un grupo de diez amigos peloteaba hasta el anochecer o hasta que el físico no diera más. Son vecinos de Barranquita, la calle paralela, pero también llegaban de los jirones Cáceres, Los Ángeles y hasta de Riobamba, que cruza la congestionada avenida Perú. Todos, animados, iban a jugar al borde del río.

Era muy común que el juego entrara en pausa cuando la pelota caía al Rímac, siempre caudaloso, marrón y sucio, muy sucio. Cuando tocaba bajar a recoger el balón, había que correr río abajo, por la margen derecha, hasta encontrar en la ribera una bajadita no tan empinada que permitiera entrar en sus hediondas aguas para salvar la pelota y seguir jugando.

La Dirección General de Salud Ambiental (Digesa) ubica al Rímac entre los 13 ríos más contaminados del país. En sus aguas se detectaron restos de cobre, plomo y arsénico, los vestigios de la actividad minera que se ejecuta en la provincia de Huarochirí, cerca de donde nace el caudal.

Aunque también se encontraron los desperdicios fecales que caen de los desagües clandestinos instalados por los cientos de familias que viven en las márgenes.

El río Rímac recorre diez distritos en la ciudad. Cruza Lima de este a oeste, de la sierra a la costa. Después de ser tratada por Sedapal, se convierte en la principal fuente de agua potable para los casi 10 millones de ciudadanos que viven en la metrópoli.

Es el río más caudaloso de los tres que tiene Lima, y por su ubicación es considerado el más importante. El Chillón se encuentra muy al norte, mientras que el río Lurín está al sur pero durante el año suele secarse.

La cuarentena le ha hecho bien. Las personas no salen como antes a ensuciar sus cauces. Elvis Jiménez tiene 33 años y siempre ha vivido con su familia al lado del río. Es, además, uno de los peloteros que juegan en el malecón. Asegura no recordar haber visto antes al Rímac “así de limpio”. Ahora luce más transparente. Pero esa realidad es solo por zonas.

Cerca del puente Dueñas, por ejemplo, la basura sigue flotando y apoderándose de las riberas. “El río sigue sucio, pero antes del estado de emergencia estaba más sucio”, dice Lucas Miranda, un vecino del lugar.

El coronavirus solo obligó a la gente a permanecer en sus casas; no ha acabado con sus malas costumbres.

Fuente de vida

Hubo un tiempo en el que se podía pescar en el Rímac. Desde antes de la llegada de los españoles ya se degustaba el camarón del río. Y su consumo continuó después de la fundación de Lima, en 1535. “Los camarones eran un alimento muy valorado por los limeños durante la época colonial y republicana”, explica el historiador Juan Luis Orrego.

“Los españoles probaron los camarones y les gustó. Vieron que algunos indios se dedicaban a pescarlos y a ellos les permitieron vivir en lo que es ahora el distrito del Rímac, porque a los demás indios los confinaron donde ahora están los Barrios Altos”, precisa.

Los camaroneros, como se denominó a estos pescadores, se situaron en la margen derecha del río, donde en la actualidad hay una calle que lleva ese nombre. Ese pasaje une el puente Santa Rosa con la Vía de Evitamiento.

(Manuel Melgar /GEC)
(Manuel Melgar /GEC)

Lima fue siempre un valle dedicado al cultivo, pero en el que llovía muy poco. Por eso el río Rímac servía para regar los campos todo el año.

Para que el agua llegara hacia los fundos más alejados, los nativos construyeron cuatro extensas bocatomas a las que también se les conocía como ríos: Ate, Surco, Huatica y el Magdalena. Según Orrego, estos canales alimentaban los suelos desde el año 100 después de Cristo. El río convertía así la desértica Lima en un valle fértil y productivo.

Cambio notable

El presidente de Sedapal, Francisco Dumler, dice con entusiasmo que el río no lucía tan limpio “desde hace 50 años”. En La Atarjea, la planta que trata las aguas para hacerlas consumibles, la corriente ha dejado de traer colchones, sillones, relave y basura. Hay un cambio evidente.

“Si mantenemos este nivel, en dos años puede volver la vida al Rímac”, insiste con optimismo. No es imposible, aunque es un verdadero reto que los limeños dejen de contaminarlo como lo han venido haciendo desde el siglo XX. El Río Hablador, como se le conoce por el ruido de las piedras que trae, necesita atención. No es necesaria una pandemia para notarlo.

Fuente: Perú 21

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